¡Bienvenidos sean todos!
Los golosos y los mañosos, los talentosos y los que le ponen empeño, los amateurs y los profesionales, los foodies, los chefs, los cocineros de ocasión, y los que le tienen escrúpulos a este mundo.
Este blog nace de mi efervescente necesidad de darle orden a la enorme biblioteca gastronómica que tengo en mi cabeza.
Luego que mi madre se casara y me llevara a vivir con ella y su marido, sufrí abruptamente el desapego de mi abuela. Aunque era necesario, ya que, como buena niña criada por abuelos, mi consentimiento llegaba a lugares desconocidos del espacio.
Mi abuela no era gran cocinera, pero me llevaba a sus clases de repostería, y muchas veces después del colegio me llevaba a la Pastelería Doña Cata a comprar un pastelito. Amaba ese aroma dulce al entrar. Todavía huele igual. A mi nueva casa me acompaño la memoria emotiva de los dulces, también me acompañaba un libro de cocina para niños y un centenar de peluches que fueron los comensales de mi primer restaurante. Comencé a cocinar un poco para apalear el dolor de ya no estar junto a mi abuela, mis primeros pies de limón los hice a los 9 años, siguieron las galletas, paletas heladas, muchos queques de todos los sabores, budines, flanes y jaleas. Sin darme cuenta a los 16 años ya cocinaba el principal de la cena navideña para toda mi familia, 10 personas. Incluyendo la Cola de Mono!
La suerte parecía estar echada, pero la verdad era que estudiar Gastronomía no era una opción para mí ni para mi círculo más cercano. Sobretodo porque yo era súper matea...y todavía lo soy. Y ya saben, la familia espera ciencias exactas cuando uno es cabezón. Ñoña, era tan ñoña que gran parte de mi tiempo lo dedicaba a navegar en internet buscando recetas y archivándolas, o juntando revistas para recortar toda la sección de gastronomía y guardarla, o en ferias de libros buscando libros de gastronomía que tuvieran algo más interesante que solo recetas.
Hasta que un día, quizás uno o dos años antes de salir del colegio, en una feria universitaria vi un stand en el que se ofrecía Gastronomía. Se me habían pasado por la mente carreras como Veterinaria, Química, Diseño Gráfico, Fotografía o incluso Pianista...pero la Gastronomía no estaba en mi conciencia. Tomé un folleto con la malla curricular, y cada ramo que leía me emocionaba más y más. Nutrición, Química Culinaria, Cultura Universal, Marketing, Contabilidad, Vino y Maridaje...además, claro, de los ramos prácticos! Para mi era perfecto. Tenía de todo. Mundos de diferentes aristas se unían. Era una Carrera en que mi vocación científica y mi vocación humanista podían funcionar de manera ecuánime, y eso no lo había encontrado en ninguna otra carrera.
El verano siguiente tuve la suerte de vacacionar en un hotel de Isla Margarita. Y entré a las cocinas a puro mirar. Fue el punto final. Yo iba a estudiar Gastronomía.
Mi sed de conocimientos no se sació con la carrera. Aunque fui la mejor de la generación, no me conformaba. Yo sentía que todavía sabía muy poco. Sobretodo en cuanto al chocolate y sus procesos que era de mis ramos favoritos. Decidí seguir estudiando, y entré a la Escuela de Sommeliers para conocer más y afinar mi paladar, no saqué el título porque nunca me interesó ser sommelier, yo solo quería ser mejor gastrónoma.
Ya han pasado 8 años desde que terminé de estudiar en instituciones oficiales, sin embargo, he seguido aprendiendo y leyendo más y más. Pero una lección que aprendí en en oficio y que no está en los libros ni te la enseña ningún profesor, es que la gastronomía en terreno es mucho más difícil que cualquier carrera exigente. Se lucha duro día a día, con horarios extendidos y escaso dormir, con trabajo exhaustivo para el cuerpo y exigente para las emociones y la mente. Se requiere valor y entereza. Un solo desajuste personal puede mandar tu trabajo al carajo, como por ejemplo, extrañar a tu familia porque estás muy lejos.
Tres veces durante mi carrera pensé en dejar el rubro y dedicarme a otra cosa. Lo evaluaba con el dolor más grande en mi alma, de saber que esto es lo que más amo hacer, pero cuestionarme si soy apta para ello. Mi amado chocolate siempre estuvo ahí, recordándome la magia. Soy una persona muy mental, muy matea, y no tengo tanta habilidad al hacer, o tanta fineza de detalles o la rapidez que se exige. Pero la vida es agraciada conmigo y me mostró infinidad de nuevos caminos, uno de ellos la escritura, otro que va muy de la mano, la docencia, y otro que comienzo a desarrollar, la investigación.
Nuestra carrera es increíble. Tiene mil formas, ¿y cómo no? si su existencia tiene tantos años como la mismísima humanidad! Actualmente es menospreciada. El que no tiene "inteligencia" estudia gastronomía. El que no sacó puntaje para la PSU, estudia gastronomía... Sin embargo nuestro rubro necesita cocineros que sepan pensar y que recreen nuevas formas de vivir nuestra gastronomía. Dígase de paso, nuestro país necesita instituciones que entreguen una oferta mucho más competitiva, el nivel de nuestras cocinas es muy pobre, no solo hablo de restoranes, en casa también...
Mientras esto no ocurra yo seguiré impulsando a todo el que quiera oírme o leerme a aprender más de gastronomía. No solo recetas, sino a entenderlas, y poder crearlas. También historia y cultura, porque de eso hablan nuestras cocinas, de como comían y vivían nuestros antepasados. También de ciencia e investigación, porque conociendo nuestros productos podemos alimentarnos mejor y mejorar nuestra salud y calidad de vida. Yo soy gastrónoma porque yo no solo cocino, la gastronomía es muy amplia y compleja para solo pensar que significa cocinar. Pero hoy pocos le reconocen así, y ha sido relegada a rincones oscuros para el pueblo, el buen comer se volvió exclusivo de reyes. Pero eso ya no puede seguir así, la gastronomía hizo al ser humano, y debemos volver a respetarla, como a una madre.
Los golosos y los mañosos, los talentosos y los que le ponen empeño, los amateurs y los profesionales, los foodies, los chefs, los cocineros de ocasión, y los que le tienen escrúpulos a este mundo.
Este blog nace de mi efervescente necesidad de darle orden a la enorme biblioteca gastronómica que tengo en mi cabeza.
Luego que mi madre se casara y me llevara a vivir con ella y su marido, sufrí abruptamente el desapego de mi abuela. Aunque era necesario, ya que, como buena niña criada por abuelos, mi consentimiento llegaba a lugares desconocidos del espacio.
Mi abuela no era gran cocinera, pero me llevaba a sus clases de repostería, y muchas veces después del colegio me llevaba a la Pastelería Doña Cata a comprar un pastelito. Amaba ese aroma dulce al entrar. Todavía huele igual. A mi nueva casa me acompaño la memoria emotiva de los dulces, también me acompañaba un libro de cocina para niños y un centenar de peluches que fueron los comensales de mi primer restaurante. Comencé a cocinar un poco para apalear el dolor de ya no estar junto a mi abuela, mis primeros pies de limón los hice a los 9 años, siguieron las galletas, paletas heladas, muchos queques de todos los sabores, budines, flanes y jaleas. Sin darme cuenta a los 16 años ya cocinaba el principal de la cena navideña para toda mi familia, 10 personas. Incluyendo la Cola de Mono!
La suerte parecía estar echada, pero la verdad era que estudiar Gastronomía no era una opción para mí ni para mi círculo más cercano. Sobretodo porque yo era súper matea...y todavía lo soy. Y ya saben, la familia espera ciencias exactas cuando uno es cabezón. Ñoña, era tan ñoña que gran parte de mi tiempo lo dedicaba a navegar en internet buscando recetas y archivándolas, o juntando revistas para recortar toda la sección de gastronomía y guardarla, o en ferias de libros buscando libros de gastronomía que tuvieran algo más interesante que solo recetas.
Hasta que un día, quizás uno o dos años antes de salir del colegio, en una feria universitaria vi un stand en el que se ofrecía Gastronomía. Se me habían pasado por la mente carreras como Veterinaria, Química, Diseño Gráfico, Fotografía o incluso Pianista...pero la Gastronomía no estaba en mi conciencia. Tomé un folleto con la malla curricular, y cada ramo que leía me emocionaba más y más. Nutrición, Química Culinaria, Cultura Universal, Marketing, Contabilidad, Vino y Maridaje...además, claro, de los ramos prácticos! Para mi era perfecto. Tenía de todo. Mundos de diferentes aristas se unían. Era una Carrera en que mi vocación científica y mi vocación humanista podían funcionar de manera ecuánime, y eso no lo había encontrado en ninguna otra carrera.
El verano siguiente tuve la suerte de vacacionar en un hotel de Isla Margarita. Y entré a las cocinas a puro mirar. Fue el punto final. Yo iba a estudiar Gastronomía.
Mi sed de conocimientos no se sació con la carrera. Aunque fui la mejor de la generación, no me conformaba. Yo sentía que todavía sabía muy poco. Sobretodo en cuanto al chocolate y sus procesos que era de mis ramos favoritos. Decidí seguir estudiando, y entré a la Escuela de Sommeliers para conocer más y afinar mi paladar, no saqué el título porque nunca me interesó ser sommelier, yo solo quería ser mejor gastrónoma.
Ya han pasado 8 años desde que terminé de estudiar en instituciones oficiales, sin embargo, he seguido aprendiendo y leyendo más y más. Pero una lección que aprendí en en oficio y que no está en los libros ni te la enseña ningún profesor, es que la gastronomía en terreno es mucho más difícil que cualquier carrera exigente. Se lucha duro día a día, con horarios extendidos y escaso dormir, con trabajo exhaustivo para el cuerpo y exigente para las emociones y la mente. Se requiere valor y entereza. Un solo desajuste personal puede mandar tu trabajo al carajo, como por ejemplo, extrañar a tu familia porque estás muy lejos.
Tres veces durante mi carrera pensé en dejar el rubro y dedicarme a otra cosa. Lo evaluaba con el dolor más grande en mi alma, de saber que esto es lo que más amo hacer, pero cuestionarme si soy apta para ello. Mi amado chocolate siempre estuvo ahí, recordándome la magia. Soy una persona muy mental, muy matea, y no tengo tanta habilidad al hacer, o tanta fineza de detalles o la rapidez que se exige. Pero la vida es agraciada conmigo y me mostró infinidad de nuevos caminos, uno de ellos la escritura, otro que va muy de la mano, la docencia, y otro que comienzo a desarrollar, la investigación.
Nuestra carrera es increíble. Tiene mil formas, ¿y cómo no? si su existencia tiene tantos años como la mismísima humanidad! Actualmente es menospreciada. El que no tiene "inteligencia" estudia gastronomía. El que no sacó puntaje para la PSU, estudia gastronomía... Sin embargo nuestro rubro necesita cocineros que sepan pensar y que recreen nuevas formas de vivir nuestra gastronomía. Dígase de paso, nuestro país necesita instituciones que entreguen una oferta mucho más competitiva, el nivel de nuestras cocinas es muy pobre, no solo hablo de restoranes, en casa también...
Mientras esto no ocurra yo seguiré impulsando a todo el que quiera oírme o leerme a aprender más de gastronomía. No solo recetas, sino a entenderlas, y poder crearlas. También historia y cultura, porque de eso hablan nuestras cocinas, de como comían y vivían nuestros antepasados. También de ciencia e investigación, porque conociendo nuestros productos podemos alimentarnos mejor y mejorar nuestra salud y calidad de vida. Yo soy gastrónoma porque yo no solo cocino, la gastronomía es muy amplia y compleja para solo pensar que significa cocinar. Pero hoy pocos le reconocen así, y ha sido relegada a rincones oscuros para el pueblo, el buen comer se volvió exclusivo de reyes. Pero eso ya no puede seguir así, la gastronomía hizo al ser humano, y debemos volver a respetarla, como a una madre.

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